Varices esofágicas

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Foto de varices esofágicas

Asociadas a las enfermedades hepáticas, y especialmente a la cirrosis, las varices esofágicas pueden desencadenar severos trastornos en el organismo, acompañados de vómitos y heces con sangre, mareos, anemia e incluso la muerte. El diagnóstico temprano de esta patología y un tratamiento acertado para erradicarla, puede prevenirnos de estos síntomas tan indeseables.

Definición de las varices esofágicas

Podemos explicar las varices esofágicas como una dilatación de las venas presentes en el esófago, a través de las cuales fluye parte de la sangre que irriga el hígado. Cuando este órgano presenta deficiencias en su funcionamiento (cirrosis hepática), el flujo sanguíneo se retrasa, dando lugar a una inflamación de las venas, sobretodo en la zona esofágica del organismo.

Esta dilatación produce una presión en la vena portal (conducto principal que aporta el flujo sanguíneo al hígado) conocida como hipertensión portal, y es una de las causas que más inciden en la aparición de las varices esofágicas. En etapas sucesivas, la inflamación de las venas alcanza su punto crítico, dando lugar a severas hemorragias internas.

Teniendo en cuenta el diámetro y la coloración de las venas, las varices esofágicas pueden clasificarse en cinco grados o etapas que van desde los 2 mm de grosor y una ligera coloración azulada, hasta las 4 unidades de diámetro acompañadas de una variante azul opaca.

Causas de las varices esofágicas

A grandes rasgos, esta enfermedad se considera un producto directo de cualquier complicación hepática, especialmente la cirrosis (tejido cicatrizado que aparece en el hígado cuando las células mueren, obstruyendo el paso regular de la sangre). Adicionalmente, podemos incluir en la lista otras patologías como la hemocromatosis (acumulación excesiva de hierro) y la pancreatitis crónica (inflamación del páncreas).

Otras de las causas asociadas a las varices esofágicas son las infecciones parasitarias que actúan directamente sobre el hígado (esquisitosomiasis), así como trombosis en la vena portal y el Síndrome de Budd-Chiari. Este último, aunque muy poco frecuente, es el causante de múltiples coágulos que acentúan la acumulación de sangre en el hígado.

En términos generales, cualquier paciente que padezca de cirrosis, desarrollará varices esofágicas en el plazo de un año, las cuales continuarán desarrollándose con el tiempo hasta presentar hemorragias al cabo de los dos años. De ahí la gran importancia que toma esta enfermedad para nuestra salud en general.

Diagnóstico de la enfermedad

Para determinar la presencia de varices esofágicas en el organismo, el especialista deberá realizar una endoscopia digestiva, donde además podrá conocer el estado de afectación que presentan, tamaño, coloración y posibles indicios de hemorragia o coágulos de sangre. Del mismo modo, puede ser llevada a cabo una radiografía para observar lesiones o manchas características de esta patología.

La endoscopia debe realizarse al momento de detectada la cirrosis hepática, en cuyo caso deberá repetirse el procedimiento de manera anual para valorar el progreso de esta enfermedad, e indicarse el tratamiento adecuado para cada escenario. Cuanto más temprano se detecte la enfermedad, mayor serán las probabilidades de erradicarla.

Alternativamente, pueden emplearse otras técnicas como las pruebas de imagen para diagnosticar varices pequeñas y la cápsula endoscópica, que a través de cámaras diminutas tomará imágenes del esófago. También deberá prestarse atención a la presión arterial, el análisis de heces o la frecuencia cardiaca.

Síntomas de las varices esofágicas

En etapas tempranas, esta enfermedad no presenta síntomas evidentes. De ahí la importancia de someterse a un diagnóstico endoscópico cada cierto tiempo. Solamente ante un estado muy crónico de la enfermedad (condicionado por un daño hepático grave), las venas logran romperse, dando lugar a una hemorragia masiva.

Algunos factores que aceleran el sangramiento suelen ser una presión elevada de la vena portal, insuficiencia hepática o la ingesta de bebidas alcohólicas. Ante estos escenarios, aparecen los primeros síntomas de vómitos con sangre (hematemesis) y lo que se conoce como melenas (heces negras de fuerte olor acompañadas de sangre).

Finalmente, y producto de estas complicaciones, el paciente puede terminar presentando hipertensión, taquicardia, mareo, sudoraciones y en el peor de los casos shock hipovolémico (descenso de la presión arterial) con posible pérdida de la vida.

Prevención de várices esofágicas

Generalmente, no existe tratamiento para evitar la aparición de varices esofágicas en pacientes con enfermedades hepáticas, si bien todas las medidas preventivas están encaminadas a detener el sangramiento que pueda padecerse por esta enfermedad.

No obstante, algunas recomendaciones determinan mantener una dieta saludable, rica en proteínas y con poca grasa, así como evitar la ingesta de bebidas alcohólicas, abandonar el hábito de fumar, controlar la presión sanguínea y mantener especial seguimiento al riesgo de contraer hepatitis (Uso de agujas sin esterilizar y relaciones sexuales desprotegidas).

Tratamiento de varices esofágicas

Cuando el paciente presenta varices pequeñas y posee poco riesgo de sangrado, lo más aconsejable es que se mantenga un seguimiento endoscópico a lo largo del tiempo. En caso de observarse un aumento de tamaño en las varices, aunque no exista sangramiento, se deberá llevar a cabo un tratamiento preventivo a través del uso de medicamentos de tipo beta-bloqueadores.

Más adelante, y si la hemorragia se desencadena, el tratamiento requerirá de la hospitalización y el suministro de medicamentos adicionales como la somatostatina, octreotide y terlipresina. Otros procedimientos involucran la ligadura de las várices mediante intervención endoscópica, o la inyección de cianocrilato en las venas afectadas.

Si lo anterior no detiene el sangrado, se deberá recurrir al uso de prótesis (TIPS) que desvían el flujo sanguíneo de las venas esofágicas y conectan directamente la vena portal con la vena suprahepática.

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